miércoles 30 de julio de 2008

Se puede torturar por obediencia

Personas normales torturaron a completos desconocidos por estar obedeciendo órdenes.

El experimento de Milgram


En 1961 se celebró un juicio en Jerusalén contra Adolf Eichmann, el llamado "arquitecto del holocausto", por crímenes contra la humanidad. Durante su juicio éste repitió la misma defensa que otros oficiales alemanes usaron durante los juicios de Nuremberg: él simplemente obedecía órdenes.

Para el mundo occidental, esa respuesta era inaceptable. Solo un monstruo obedecería órdenes como esas. Esa es la verdad.

Para Stanley Milgram, de la Universidad de Yale, la verdad podía ser otra y podía someterse a prueba.

El experimento era sencillo. Dos participantes, uno era el "estudiante" y otro el "maestro", sentados en habitaciones separadas, podían hablar entre sí mediante micrófonos pero no podían verse. El maestro debía hacerle unas preguntas, y cada vez que el estudiante fallara, el maestro debía apretar un botón y darle una descarga eléctrica. Con cada fallo, debía subir el voltaje. Una tercera persona, el experimentador, controlaba el experimento y daba las órdenes.

A medida que el voltaje subía, podía llegar incluso a poner en peligro la salud del "estudiante", que golpeaba la pared, gritaba y se quejaba. Llegados a este punto muchos "maestros" llevaban ya tiempo preguntándose si era correcto seguir, y muchos miraban al experimentador preguntando qué hacer. Si un "maestro" no parecía querer seguir, el experimentador le presionaba para que siguiera y asumía toda la responsabilidad por las consecuencias del experimento. Poco después, el estudiante quedaba en completo silencio y dejaba de responder a las preguntas. Y sin embargo, seguían dándole descargas.

Todo era un montaje. El estudiante y el experimentador estaban compinchados, todo era fingido. Pero para el maestro, todo era real. Él obedecía, alguien sufría. Y aún así, siguieron apretando el botón y subiendo el voltaje porque alguien que parecía tener poder se lo ordenó. Llenos de culpa y ansiedad, pero siguieron. En cuanto el experimentador anunciaba que asumía las consecuencias los "maestros" parecían aceptar la situación y seguían dando descargas.

En palabras del propio Milgram:
Vi a un hombre de negocios maduro y seguro de sí mismo entrar en el laboratorio sonriendo y confiado. En veinte minutos había sido reducido a un montón temblores y balbuceos, y parecía a punto de sufrir un colapso nervioso.
Personas normales que podían levantarse y dejar el experimento en cualquier momento sin consecuencias daban electroshocks a completos desconocidos porque alguien se lo ordenó.

Referencias